La neutralidad del mediador

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A diferencia de la negociación, en la mediación,  las partes eligen a un tercero, que es elemento esencial del procedimiento, para que les ayude en aquellos aspectos en los que ellos no han sido capaces de alcanzar ningún acuerdo.

Es la figura de este mediador una pieza fundamental en el proceso pues es quien ayuda a las partes a encontrar una solución dialogada y querida. De tal manera que su participación en el proceso será fundamental a la hora de controlar y manejar cada una de las distintas fases y sesiones que tengan lugar durante la mediación.

El hecho de que sus intervenciones deban ir enfocadas a la satisfacción de las partes implica, que el mediador debe poseer una serie de conocimientos tanto de técnica jurídica como de manejo de conflictos sociales, además de la observancia de los principios que rigen la mediación,  especialmente los que recoge la Ley 5/2012 en su Titulo II.

Uno de los esos principios es el principio de neutralidad. El mediador deberá actuar en todo momento con el máximo respeto a las partes, de tal manera que su comportamiento, a lo largo del procedimiento,  permita mantener una igualdad de trato en todas las cuestiones que se susciten, procurando que las partes se encuentren en un ambiente de neutralidad que les ofrezca las garantías suficientes para que su participación en el proceso no se vea sesgada por cuestiones de inseguridad o desigualdad.

Por tanto, el mediador, debe adoptar una postura de máxima exigencia y atención en todo aquello que pudiera ser considerado por alguna de las partes como una falta de equidad, bien sea en el turno de la palabra,  en la duración de sus intervenciones, en la atención a las diferentes exposiciones de las partes, en la forma de transmitir la información , en la atención a cuestiones y sugerencias, etc. Etc.  En definitiva debe mostrar  el mismo respeto  y equilibrio en todas sus intervenciones. Es a través de la neutralidad como el mediador puede ganarse la confianza de las partes.

Otra cuestión  es la imparcialidad. Durante el procedimiento las partes deben exponer tanto las circunstancias que han originado el conflicto, como los intereses que tienen en su resolución final. Deben plantear cuales son sus expectativas y cómo esperan alcanzar el acuerdo. En este ejercicio en el que las partes comparten información, se trasmiten sus posturas y cuales son sus intereses, el mediador debe ayudar al entendimiento, estudio y razonamiento de cada una de las exposiciones.

Durante estas fases del proceso, el mediador debe ser cuidadoso con sus posicionamientos, sin interferir ni condicionar ninguna de las alternativas planteadas. El mediador no puede imponer ninguna solución. Su participación es la de colaborar en que las partes alcancen la mejor solución para ellas y que la solución sea querida por ellas, por tanto, deberá mantener una postura de imparcialidad sin inclinarse por ninguna de las alternativas.

Nos encontramos ante dos principios esenciales de la mediación.

Por una parte la neutralidad exige al mediador un comportamiento igualitario para las partes, mostrando equidad en todas las actuaciones, evitando  que pudieran  generar inseguridad y desconfianza.

La imparcialidad debe presidir todas las actuaciones del mediador. No hay que olvidar que la mediación persigue el acuerdo alcanzado por las partes y nunca un acuerdo que pueda suponer imposición de un tercero. Se trata de una relación ganar-ganar y a ello no se puede acceder decantando el resultado para una de las partes.

Tanto la falta de neutralidad como la imparcialidad pudieran dar lugar a responsabilidad del mediador, si de ellas se derivara algún daño para alguna de las partes.